Temporada de Enjambres

Un cuaderno de campo sobre escucha, paciencia y cuidado.

Hay una hora de la tarde, entre el calor que comienza a ceder y la luz dorada que se inclina sobre los árboles, en la que el aire parece vibrar distinto.
Es temporada de enjambres.

Se les ve como una nube viva que respira en conjunto, girando sobre sí misma hasta posarse —a veces en la rama de un mezquite, otras en la esquina de una ventana, en un poste, en la sombra tibia de una terraza. No están huyendo. Están buscando hogar.

Recuerdo a José el apicultor conversando sobre abejas:
“Un enjambre no es un peligro. Es una familia que está mudandose.”

Su manera de enseñar no era técnica primero, sino contemplativa. Antes de hablar de cajas, trajes o herramientas, pedía observar. Mirar cómo se agrupan. Sentir el ritmo del zumbido. Entender que, en ese momento suspendido, las abejas están vulnerables y organizadas al mismo tiempo.

La temporada de enjambres no es un problema que resolver. Es un proceso natural que aprender a acompañar.

Antes del rescate, el arte de la preparación.

José decía que el rescate comienza mucho antes de tocar a las abejas. Estos son algunos consejos que daba al enseñar:

1. Localizar y observar.
Identificar con claridad dónde está el enjambre. ¿Está accesible? ¿En una altura segura? ¿Expuesto al sol directo? La observación evita la improvisación.

2. Asegurar el entorno.
Retirar mascotas y mantener a las personas a distancia. Es una forma de respetar a la colmena y no estresarla; cuando se sienten seguras pueden descansar y seguir su camino.

3. Elegir el momento adecuado.
El rescate puede iniciar por la mañana o por la tarde, pero la reubicación conviene hacerla cuando el día se acaba y todas las abejas han regresado de pecorear. “Nunca te lleves a medias una comunidad”, decía.

4. Reunir el equipo.
Traje completo, guantes, espátula, ahumador, cámara de cría con cera estampada, clip para la reina, aspiradora modificada si es necesario.
Cada herramienta tiene una intención: proteger, contener, trasladar con delicadeza.

Durante el rescate, mover sin lastimar.

El humo no es para tu protección contra ellas; es un lenguaje que las ayuda a moverse.
Un ahumado suave tranquiliza a las abejas y permite trabajar sin sobresaltos. José preparaba una mezcla de hierbas aromáticas secas dentro del ahumador para tranquilizar a la colmena antes de iniciar su traslado.

La transferencia puede hacerse manualmente o con aspiradora especial. El gesto siempre es el mismo: cuidar que ninguna sea lastimada.

La reina es el corazón del movimiento.
Si se logra identificar, se coloca en un clip especial y se fija en el bastidor central dentro de la cámara de cría. Si no se localiza con certeza, se confirma que esté dentro de la caja para que el resto la siga. Las abejas no se dispersan cuando su centro está presente.

Antes de cerrar, se esparce humo por los lados y la parte superior para que desciendan. Así se evita atraparlas con la tapa.

Luego, se cierra la piquera y se asegura la cámara con cinchos.
El traslado debe superar los tres kilómetros del lugar del rescate, para que no intenten regresar. El viaje se hace con suavidad; el estrés también deja huella en los insectos.

El nuevo hogar, pequeños detalles que sostienen la vida

Una base elevada —al menos 30 cm del suelo— y con una ligera inclinación de tres grados protege de la humedad. Son detalles casi invisibles, pero determinan la salud de la colmena.

La reina se libera del clip a los tres días.
Ese margen permite que la colonia se estabilice y reconozca su nueva ubicación.

Durante las jornadas de mantenimiento que le siguen al rescate:

  • Se monitorea su adaptación.

  • Se ofrece agua y alimento suplementario si es necesario.

  • Se observa cualquier signo de estrés o enfermedad.

  • Se protege la base con cal o arroz en polvo para evitar hormigas.

El rescate no termina cuando la caja se cierra. Continúa en el cuidado.

Cuando es colmena y no enjambre

Un enjambre está de paso.
Una colmena, en cambio, ya construyó memoria. Las abejas aprenden a detectar su hogar comunicándose entre ellas con una danza especial y su maravilloso sentido del olfato.

En estos casos, el proceso requiere desmontar con cuidado los panales, proteger las crías y trasladar cada estructura a una nueva cámara. El clima importa: hacerlo en temperatura templada o cálida protege la vida en desarrollo.

La reina vuelve a ocupar el centro.
Siempre el centro.

Lo que enseñan las abejas

Sentada a cierta distancia, viendo trabajar a José, entendí que el rescate no es heroico. Es una colaboración respetuosa y personal, como un aprendiz que honra a su maestro.

Se trata de reconocer que compartimos territorio con esta sagrada especie.
Que una colonia que aparece en nuestro patio no es invasora, sino viajera.
Que la solución más ética no es exterminar, sino reubicar.

La temporada de enjambres nos recuerda algo esencial:
La naturaleza se mueve, se expande, busca nuevos espacios. Y cuando lo hace, podemos elegir responder con miedo o con conocimiento.

En cada rescate hay una coreografía invisible entre humanos y abejas.
Un acuerdo silencioso.

Quizá por eso, cada vez que escucho el zumbido colectivo suspendido en un árbol, me recuerda que es una familia que está en tránsito.
Una comunidad que está iniciando su camino para reintegrarse al ecosistema.
En la posibilidad de ofrecer un hogar para ellas sin imponer dominio.

Y en la voz serena de José diciendo:
“Si las tratas con respeto, ellas te muestran el camino.”

Darlene Guerra

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