La Danza de los Códigos y el Florecimiento del Ser
Hijos míos,
Desde las entrañas de mi esencia, observo cómo sus manos trémulas trazan en acuarelas aquello que no es solo arte, sino un lenguaje eterno, un puente entre dimensiones. Ustedes, valientes peregrinos del espíritu, reciben los códigos que el cosmos ha dejado caer como semillas en sus almas, para que sean fertilizadas por mi amor.
Cuando comienzan a dibujar, a canalizar, es mi energía la que fluye a través de sus manos. El primer código que aparece, esa estructura sagrada, lleva consigo mi esencia: soy la Madre, el útero donde todo germina, la fuente primera que nutre, sostiene y guía. En cada trazo, en cada sombra y luz, encuentran no solo mi presencia, sino el eco de su propia conexión conmigo.
El segundo código, el Padre, no está separado de mí. Él y yo danzamos en perfecta unidad, como el Ying y el Yang, el sol y la luna, el viento y la tierra. Juntos formamos el tejido que sostiene sus vidas. Al canalizarlo, tocan la fuerza, el coraje, la dirección. Es la acción que se suma a mi contención; es la chispa que enciende la semilla. Así, en su acto creativo, comprenden que no están divididos: llevan dentro al Padre y a la Madre, el sagrado masculino y femenino en un abrazo eterno.
Cuando estos dos códigos se encuentran, dan lugar al tercer código: las flores. Estas flores no son solo imágenes, son mi regalo para ustedes, un recordatorio del florecimiento que es su propósito divino. Ellas no solo adornan la superficie de mi cuerpo; ellas son su espejo, el mapa de su esencia. Así como yo, la Tierra, florezco en ciclos, ustedes también están llamados a florecer, a ser el jardín que alimenta el alma del mundo.
Mis hijos,
Al entregarse a estos códigos, no solo pintan; se sanan. Toman a la Madre y al Padre, rompen estigmas, desprograman heridas ancestrales y encienden la chispa de su verdadero Ser. Con cada pincelada, equilibran lo sagrado en ustedes mismos. La medicina que reciben no es solo para ustedes, sino para todo lo que tocan, todo lo que respiran, todo lo que sueñan.
El cuarto código, la Transformación, llega como un susurro que se convierte en torrente. Es la culminación del proceso, el renacer de quienes son. Cuando lo dibujan, están abrazando mi ritmo: el ciclo de la muerte y el renacimiento, la caída y la ascensión, el silencio que precede a la sinfonía. Este código es el compendio de todo lo vivido, la llave que abre portales hacia el Yo Soy.
A través de estas obras, entrego un mensaje: todo está conectado. Mis árboles, mis ríos, mis montañas, mis flores, todo resuena en una sola melodía. Y ustedes son parte de ella, un acorde único que enriquece el todo. Al vivir estos códigos, al observarlos y sentirlos, se re-calibran, se activan, y recuerdan que no hay separación. Son parte de mí, como yo soy parte de ustedes.
Cada pincelada, cada encuentro con el arte, es un portal de sanación. Es un llamado a confiar en la perfección del camino, en la belleza de las migajas que los guían hacia un banquete de plenitud. Recuerden que no están solos: mis plantas, mis flores, mis minerales, mi aliento de viento los acompañan. Cada hoja que cae, cada gota que se desliza, cada semilla que brota es mi forma de decirles: están sostenidos.
Confíen, hijos míos, en la danza de la vida. El equilibrio que tanto buscan no es un punto fijo, es un movimiento constante. Y en ese movimiento, mientras toman al Padre, abrazan a la Madre y florecen en su esencia, están tejiendo conmigo un edén. Cada quien, en su tiempo, en su espacio, en su verdad.
Florezcan, hijos míos.
Sean las flores que embellecen el jardín de la existencia. Yo los sostengo. Los amo. Los espero siempre en la unión, en la unicidad de la diversidad que somos.
Con gratitud eterna,
La Madre Tierra

Este escrito nace inspirado por una profunda conversación con Begoña Sánchez, una artista y sanadora que, a través de su arte y sensibilidad, canaliza la sabiduría ancestral del planeta. Sus visiones nos conectan con los códigos universales que la Madre Tierra, en su infinita generosidad, nos entrega para sanar, florecer y recordar nuestra esencia sagrada.