Crónica de un nuevo comienzo

Cuando terminó el 2025, algo muy interno llegó a su fin también, cómo si finalmente me graduara de una vida que construí a detalle desde hace muchos muchos años. Y lo que parecía que no llegaría nunca, llegó. Una sensación de desapego por toda esa “vida” que creí haber elaborado a mano.
No es “esa vida” lo que se estaba destruyendo, era esa versión de mi persona que la había creado con tanto entusiasmo. Una perspectiva diferente había sembrado sus raíces en mi corazón y estaba dando paso a una nueva forma de vivir cada experiencia, sin prisas, sin limitaciones y sobre todo, sin expectativas.
Así que, empezando el año me dejé llevar por esa nueva sabiduría que se sentía tan segura de sí misma: me mudé de nuevo, vendí casi todas mis posesiones y me fui a vivir a la casa de mi madre, esperando una nueva revelación que me ayudara a entender quién soy o a dónde voy. Ya casi a la mitad de febrero y sigo aquí, esperando.
Esperando… aunque quizá esa palabra ya no signifique lo mismo. Antes, esperar era una pausa incómoda entre dos versiones de la certeza. Hoy, esperar es una forma de presencia. Un espacio abierto donde la vida se mueve sin pedir permiso ni anunciar sus intenciones.
La casa de mi madre es pequeña, profundamente pequeña. Llegar aquí me obligó a reducir mi mundo material a lo esencial. Al principio fue incómodo: elegir qué se queda y qué se va es también elegir qué parte de una misma continúa caminando. Después apareció una ligereza inesperada. Descubrí que puedo vivir con menos de lo que imaginaba y que, al soltar objetos, también se liberan historias que ya no necesito sostener.
Su casa está llena de cosas. Cada rincón guarda algo que podría servir algún día, porque para ella la idea de quedarse sin algo resulta difícil de imaginar. Y mientras observo esa acumulación cotidiana, entiendo que también es un espejo para mí. Reconozco mis propias formas de aferrarme, no solo a objetos, sino a versiones antiguas de seguridad. Esta convivencia se ha convertido en una lección silenciosa sobre la relación entre la memoria, el miedo y la necesidad de control.
Al lado de su casa se abre un cañón hermoso que muchas personas apenas miran. Para mí, en cambio, es un recordatorio constante de la belleza que persiste incluso dentro de la ciudad. Despertar y saber que puedo caminar hacia ese paisaje me llena de asombro, como si cada mañana fuera una invitación a contemplar algo vivo y auténtico en medio del ruido urbano.
El cañón respira entre el concreto. Una avenida lo atraviesa y los autos pasan a toda velocidad, marcando el ritmo de una civilización que no se detiene. Desde lejos se ven los árboles resistiendo entre el polvo y la contaminación, sosteniendo su presencia mientras la prisa diaria intenta devorarlo todo. A veces observo ese contraste y siento que también describe mi propio proceso: una parte de mí aprendiendo a desacelerar mientras el mundo sigue corriendo hacia adelante sin cuestionarse demasiado.
Yo, sin embargo, tengo la capacidad de caminar y maravillarme. De detenerme frente a un paisaje que muchos consideran ordinario y encontrar en él una revelación íntima. Ese cañón se ha convertido en un santuario inesperado, un lugar donde recuerdo que la vida continúa expandiéndose incluso cuando parece estar cercada por la rutina y el ruido.
Las mañanas aquí son distintas. Algunas despierto con claridad y gratitud; otras con una sensación de vacío que aún estoy aprendiendo a habitar. Ya no huyo de esa sensación. Empiezo a comprender que el vacío también es fértil, que dentro de él se gesta una identidad más libre y menos condicionada por expectativas externas.
He aprendido que los nuevos comienzos rara vez se anuncian con claridad. Se manifiestan en pequeños cambios: en la forma en que respiro al caminar por el cañón, en la manera en que observo mis hábitos con más honestidad, en la decisión diaria de no apresurar las respuestas. Cada gesto sencillo se convierte en un acto de confianza hacia lo desconocido.
Quizá la revelación que esperaba no llegue como una respuesta definitiva. Tal vez sea esta misma transformación silenciosa, esta manera distinta de relacionarme con el tiempo, con el espacio y con mi propia historia. Empiezo a sospechar que la verdadera pregunta no es quién soy ahora, sino cómo deseo habitar la vida que continúa desplegándose frente a mí.
Hoy sigo aquí. Sin certezas absolutas, pero con una calma nueva que no conocía antes. Aprendiendo a escuchar más que a planear, a contemplar más que a controlar. La vida no se ha detenido mientras espero; al contrario, se está revelando en cada detalle que antes pasaba desapercibido.
Hace unos meses, una amiga me regaló un set de cartas de oráculo que ella había diseñado, junto con algunos artículos promocionales con el mismo arte. Entre ellos venía una pequeña bolsa de mano que exhibía la carta El duelo como portal: una figura humana con un solo ojo mirándose al espejo, y de ese ojo nacía una rosa. Sabía que esa imagen era importante, pero no podía verla sin incomodidad. Le daba un sentido trascendental a un acontecimiento profundamente doloroso, y una parte de mí todavía no estaba lista para reconocerlo de esa forma.
Hoy, sentada en la cama mientras escribo estas palabras, puedo mirar esa imagen sin resistencia. Algo dentro de mí se ha suavizado lo suficiente para comprenderla. También recuerdo haber visto esa misma simbología en otra ilustración de la artista cuando me ayudaba a crear el logo de una marca de herbolaria que soñaba iniciar: una mujer de cabello largo, un solo ojo abierto y una rosa naciendo desde el chakra corona.
¿Será coincidencia?
¿O es, como he aprendido a sentirlo, un mensaje silencioso que me susurra que ya soy quien siempre he deseado ser, que ya estoy haciendo aquello que me apasiona profundamente?
Tal vez este nuevo comienzo no sea una búsqueda hacia afuera, sino un reconocimiento hacia adentro. Una invitación a entregarme a la vida sin la necesidad constante de entenderla. A confiar en el proceso creativo como brújula, a honrar cada transformación como parte del camino.
Hoy no tengo todas las respuestas.
Pero tengo algo más valioso: la capacidad de crear, de contemplar y de disfrutar lo que llega.
Sigo esperando, sí.
Pero ahora sé que esperar también es vivir…
y que vivir también es crear.
